sábado, 7 de febrero de 2009

En un día de camino

En un día de camino

Salvador F. Cava

Eulalio Barroso Escudero “Carrete”, fue un hombre extraordinario. Lo común hubiese sido pasar hambre y miserias en el tiempo de las miserias y del hambre. En aquel que sobrevino tras la Guerra Civil con secuelas de ausencias, represión y miedo por todos los rincones.

Ante tanta soledad compartida con el día a día de la subsistencia, sobrevivir entre la pequeñez de las estaciones de la tierra, las lluvias, el ganado y la casa pobre era uno de tantos hábitos propios de la mansedumbre del poder. Podía así haber transcurrido la vida de Eulalio, como las de sus otros hermanos Emilio, Avelino, Daniela y Alejandro en Bohonal de Ibor (Cáceres). Y sin embargo, el día que el destino real llamó a su puerta en forma de ayuda a los guerrilleros de Extremadura, allí estuvo su casa abierta, y con ello toda una decisión de porvenir utópica y trágica. No caerían en manos del terror franquista en un primer momento. Lucharían como uno más desde el monte contra su dominio. Esperarían la ayuda internacional tras el fin de la II Guerra Mundial. Pero la fortuna e ilusiones serían un túmulo de pérdidas. Y detenciones, fusilamientos, cárceles.

Conocí a Eulalio ya mayor. Estábamos ya en la carretera de la recuperación de la memoria de los guerrilleros españoles. Santa Cruz de Moya, a donde tanto le unía, era el referente anual en un inicio, pero casi semanal en tiempos recientes, pues los actos se fueron multiplicando como onda expansiva de flores rojas. En Buñol al tiempo de inaugurar un nuevo monumento al maquis, en La Pesquera, en Paterna, en Chirivella, en Barcelona, en Azuara, en Madrid, en el Jerte, en Motilla del Palancar. La carretera, de kilómetros y radares, nos reunió muchas veces. De todos los viajes guardo un gratísimo recuerdo por su compañía: con “Angelillo”, “Matías”, “Andrés”, “Chaval”. Cuando se le reclamaba su asistencia, siempre decía que sí. Un sí de lucha y de fe no solo por la dignificación de la memoria del pasado, sino con el fervor convencido por el futuro que hermanase voluntades libres. Su latir libertario bullía con fuerza, y a pesar de su cuerpo menudo y frágil, o precisamente por ello, su voz resplandecía, cadenciosa y clara, recordándonos su origen, algunos episodios de su lucha, el nombre de sus compañeros del monte, y una canción: su himno de guerrillero. Hasta el último día, en mi memoria, Eulalio Barroso será una canción. Una canción que rasga el silencio y se dobla y endereza para atravesar barrancos y escalar riscos. Una canción de vida como una bandera: como él la quería.

Con todo, lo que siempre tendré presente será su fuerza, su convicción. Esa entrega absoluta a la lucha por la recuperación de la dignidad usurpada por los golpistas de la Guerra Civil y mantenida a sangre y fuego por tantísimos serviles durante tantas décadas de cautiverio político. Hasta el último día, hasta el último aliento. Y por eso, cuando nos dejó, cuando el numeroso grupo de amigos le acompañó en su nuevo viaje, presentí que no se iba del todo. Que allí estaba su vieja fe y su orgullo, y que tan solo los montes, aquellos tormagales de su juventud, podrían sentirse un poco más solos, porque ahora su canción habitaba las calles, iba tarareándose entre las voces y los corazones de la gente joven que, tras el adiós y “salud”, arrancaba los coches, pues algo de Eulalio, también viajaba en sus asientos.

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